Cuando se examina el consumo energético de una casa se suele prestar atención a su diseño, a su climatización, a su equipamiento, al uso de energías renovables. Sin embargo, a menudo se suele obviar la propia casa en sí, es decir, la cantidad de energía requerida para producir cada uno de sus componentes: ladrillos, vigas, cemento, tejas, baldosas…

Pero…¿hasta qué punto son importantes los materiales de construcción en el balance energético de una vivienda? La realidad es que mucho, ya que se está desaprovechando una gran oportunidad de actuar en la eficiencia de las casas desde la propia elección de los materiales para su construcción. Un ejemplo de ello es el ladrillo, fabricado fundamentalmente a partir de arcilla extraída de canteras. Y es que, sustituir algunos ladrillos por otros puede resultar mucho más efectivo que otras medidas de diseño o de equipamiento de las que se habla mucho más.

Los bloques de arcilla convencionales no son tampoco los que tienen un mayor impacto en una casa. De acuerdo al “ranking” ambiental elaborado por el investigador Ignacio Zabalza, del Centro de Investigación de Recursos y Consumos Energéticos (CIRCE), los peores materiales de construcción serían el aluminio, el poliestireno expandido, la espuma rígida de poliuretano, el PVC y el cobre. Mientras que al contrario, los mejores serían los compuestos de madera, corcho o ladrillo de arcilla aligerada.

Otra forma de disminuir mucho el impacto ambiental de una vivienda sería si se pudiesen reutilizar algunos de estos materiales al final de la vida útil de la casa. Esto es hoy en día muy difícil, pues cuando se derriba un edificio lo que queda es una montaña de escombros en la que resulta muy complicado separar materiales.

Y es que no sólo se trata de contabilizar el impacto de los ladrillos ecológicos, sino también la manera más eficiente de colocarlos. Si de la forma de construir edificios va a depender también la movilidad de las personas, por qué no incluir igualmente en el análisis la energía que se va a requerir después en los desplazamientos de sus habitantes. De esta forma, se podría comparar mejor las emisiones o el gasto de energía de un barrio residencial de casas unifamiliares dispersas frente al de unas torres de edificios de un barrio compacto.

Este tipo de análisis puede crear controversia, pero daría un enfoque muy interesante de la edificación. Y también evitaría que, como ocurre a menudo hoy en día, se pusiese la etiqueta de “ecológico” a edificaciones que en realidad van a seguir incrementando las emisiones de CO2 por los materiales de construcción utilizados o por los desplazamientos para llegar hasta ellas.

Ahora que se habla tanto de rehabilitación de edificios para mejorar la eficiencia de las viviendas a la vez que se reactiva el empleo, puede ser útil realizar este tipo de cálculos.

Ahora bien, los resultados podrían ser muy distintos en función de cómo se hiciera. La rehabilitación de un edificio supone generalmente un ahorro energético del 60% respecto a su derribo para volver a construirlo, y se cree que una selección adecuada de los materiales utilizados en la rehabilitación permitiría disminuir aún más los impactos energéticos globales.

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